En 2013, el Banco Interamericano de Desarrollo publica el manual “La economía naranja: una oportunidad infinita” donde se analiza la importancia de la economía cultural y creativa. En dicho marco, surge el concepto de Turismo Naranja, el cual apuesta por un turismo basado en estos dos conceptos; el cultural y el creativo.

El turismo naranja se puede definir como un turismo sostenible, que genera desarrollo cultural, económico y social y que articula y potencia la economía naranja contribuyendo a generar oportunidades para la comunidad local.

Si existe un turismo naranja, han de existir destinos naranjas, y estos son aquellos donde la comunidad se identifica y participa de esta modalidad, los turistas se integran en ella y donde además, la actividad turística es una de las bases principales de sus economías.

Este tipo de turismo se ha convertido en una alternativa al turismo masificado y saturado que existe actualmente. En la mayor parte de los viajes, no dejamos ni un minuto disponible para la improvisación. Visitas, excursiones, actividades, experiencias gastronómicas, todo está organizado y a veces incluso nos quedamos con la sensación de que “nos han faltado un par de días”.

Lo que plantea el turismo naranja, es visitar un lugar convirtiéndonos en parte de él y comportándonos como los autóctonos para vivir así una experiencia diferente. El turismo cultural tradicional, el cual relacionamos con la historia, da paso al turismo espontáneo, en el que el turista lo que quiere es conocer contextos reales a través de la propia experiencia.

Para satisfacer estas nuevas necesidades, la oferta turística ha ido modificándose introduciendo actividades tan diferentes como acudir a un evento en un centro cultural, participar en recolecciones agrícolas o aprender a cocinar los platos típicos del local. Actividades con las que los turistas naranjas buscan conectar un poco más con los habitantes locales de cada destino y sentirse así parte de él.